Cógito, Ergo, súmbatela… cógetela por el culo hasta que sangre

Publicado: 2011/01/30 de Tito Manfred en Narrative

I

Aunque los sacoehueas que ejercen el vano oficio de dibujar letras sobre hojas que estarían mejor en blanco, han pretendido desde hace 6.000 años hacernos creer que las palabras son maracas dignas de que les corra mano (o les haga fist-fucking) cualquier hueón que tenga algo que decir, lo cierto es que las palabras no son más que unas viejas culiás cojas, unas perfectas inútiles que sólo saben arrojar botellas vacías a un mar de mierda en verano y tejer abismos en invierno.
Ahora que lo pienso, hablar pestes de la literatura y la patota de maricones narcisistas que la practican es un ejercicio demasiado cómodo, es caer en el cliché y la obviedad más lamentables, es abrir la boca para decir “nada”.
En honor al tiempo y a la economía del lenguaje, seré breve y radical como una canción punk: abandonen los colegios y las universidades cuanto antes y dediquen por completo sus esfuerzos a reaprender el arte de rascarse los genitales con los pies. Y si como dijo Sábato: “la razón no sirve para la existencia”, qué le queda a la lengua.

II

Hacia fines del Siglo de las Luces, en un pueblito sin nombre a las afueras de Oxford, vivía una noble familia de cuyo seno había salido buena parte de los más deslumbrantes cerebros de toda Gran Bretaña. Académicos, científicos, filósofos, artistas, intelectuales de las más diversas áreas e, incluso, mujeres devotas pero políglotas, conformaban el staff de los Uglystone, familia prestigiosa y admirada como pocas en la época, pero que, sin embargo, durante años fueron objeto predilecto del odio más encarnizado de sus paisanos.
Una tarde cualquiera, cansados de soportar día tras día las humillaciones públicas que sufrían a manos de los hermosos lugareños que sin saber leer ni escribir regían el villorrio, los Uglystone decidieron poner fin a su martirio: se cosieron las bocas con los típicos alambres que se utilizan en estos casos. Luego, quién sabe cómo, se devoraron las manos con sus propios dientes.
Aún se comentan en el pueblo las hazañas sexuales que el pequeño Timmy Uglystone protagonizó una vez que se hizo bello a los ojos de la chusma. Dicen que se culió a cuanta cosa pilló en pie, pero no le doy mucho crédito a esa leyenda popular. Se me ocurre que el pequeño Timmy era un sexpredator de gusto exquisito. Mi hipótesis es que sólo le reventó el culo a las nenitas descalzas.

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