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I

Aunque los sacoehueas que ejercen el vano oficio de dibujar letras sobre hojas que estarían mejor en blanco, han pretendido desde hace 6.000 años hacernos creer que las palabras son maracas dignas de que les corra mano (o les haga fist-fucking) cualquier hueón que tenga algo que decir, lo cierto es que las palabras no son más que unas viejas culiás cojas, unas perfectas inútiles que sólo saben arrojar botellas vacías a un mar de mierda en verano y tejer abismos en invierno.
Ahora que lo pienso, hablar pestes de la literatura y la patota de maricones narcisistas que la practican es un ejercicio demasiado cómodo, es caer en el cliché y la obviedad más lamentables, es abrir la boca para decir “nada”.
En honor al tiempo y a la economía del lenguaje, seré breve y radical como una canción punk: abandonen los colegios y las universidades cuanto antes y dediquen por completo sus esfuerzos a reaprender el arte de rascarse los genitales con los pies. Y si como dijo Sábato: “la razón no sirve para la existencia”, qué le queda a la lengua.

II

Hacia fines del Siglo de las Luces, en un pueblito sin nombre a las afueras de Oxford, vivía una noble familia de cuyo seno había salido buena parte de los más deslumbrantes cerebros de toda Gran Bretaña. Académicos, científicos, filósofos, artistas, intelectuales de las más diversas áreas e, incluso, mujeres devotas pero políglotas, conformaban el staff de los Uglystone, familia prestigiosa y admirada como pocas en la época, pero que, sin embargo, durante años fueron objeto predilecto del odio más encarnizado de sus paisanos.
Una tarde cualquiera, cansados de soportar día tras día las humillaciones públicas que sufrían a manos de los hermosos lugareños que sin saber leer ni escribir regían el villorrio, los Uglystone decidieron poner fin a su martirio: se cosieron las bocas con los típicos alambres que se utilizan en estos casos. Luego, quién sabe cómo, se devoraron las manos con sus propios dientes.
Aún se comentan en el pueblo las hazañas sexuales que el pequeño Timmy Uglystone protagonizó una vez que se hizo bello a los ojos de la chusma. Dicen que se culió a cuanta cosa pilló en pie, pero no le doy mucho crédito a esa leyenda popular. Se me ocurre que el pequeño Timmy era un sexpredator de gusto exquisito. Mi hipótesis es que sólo le reventó el culo a las nenitas descalzas.

Besitos de leche

Publicado: 2010/12/27 de Tito Manfred en Narrative

“El amor sin pecado es como el huevo sin sal”.
Luis Buñuel.

Mi madre me enseñó desde chiquito a temerle a la noche. Me decía que a ciertas horas (“las veinticuatro”) era mejor permanecer en casa. “Porque la oscuridad es revelación”. Aunque jamás supe qué quiso decirme con eso, fui obediente, me eduqué en el miedo y aprendí que las noches son mujer fatal.
¿Te cuento algo? He sembrado maleza en grandes extensiones de mi memoria. Meses, años… arrancados de cuajo. Sin embargo, aún recuerdo el día en que pretendí recorrer la ciudad prohibida dentro de la cual crecí. Pero sabía de antemano que mi madre no me lo permitiría. “Porque en la ciudad habitan bestias, porque en la ciudad siempre es de noche”.
—Mamita, ¿cómo es allá afuera? —le pregunté una mañana.
—Para nosotros, mi niño, sólo existe un adentro —me respondió.
Luego me calló con un beso y continuamos jugando a revertir el parto.

Plegaria de Isaac Chroner

Publicado: 2010/12/04 de Tito Manfred en Poetry

padre mío que aguardas en mi cama hoy habré de confesarte cuán cansado estoy de ser el campo de batalla de tus cruzadas y exorcismos dime cuánto más pecado de mi madre y de mi hermana habré de pagar ellas las muy mujerzuelas que abrieron sus piernas y se dejaron embutir con tu carne poseída por el mismísimo demonio que no era otro que Dios Padre haciendo zancadillas descansan en trozos pero en paz al fondo del patio a dos metros de profundidad mientras yo sólo sé de guerras mientras yo sólo sé de la lucha que noche tras noche libras contra Satán para someterlo y luego enviarlo por mi Panamá a las profundidades de mi cuerpo que es panegírico del evangelio que tú mismo escribiste padre mío que aguardas en mi cama nuestras noches ya no son como las de antes ni tu fervor de búfalo converso y creo saber por qué pero jamás habré de decírtelo pues esta confesión se irá conmigo al fondo del patio y si aquí cometo alguna infidencia lo hago con la tranquilidad de saber que sigues siendo la bestia que nunca aprendió a leer por el miedo atávico a que el demonio entrara por la letra pues el demonio está ahora en mí padre mío siempre estuvo en mí y es por eso mismo que he hecho del silencio mi gozo y de la palabra mi fe o un soplete que me cauteriza la boquita sucia y me la sella para que continúes vaciando en mi ojo ciego tu vacío de Dios

Reescritura de Venus Anadiómena

Publicado: 2010/11/17 de Tito Manfred en Poetry

Como hacia una vasija ancestral de dinastía japonesa,
la chasquilla ochentera de una sílfide fecal, espléndidamente relamida,
muere, frívola y divine, en dirección a una boquita de coprófaga cerámica,
exhibiendo el barroco asilado en los hedores intestinos.

A continuación, el cogote fino y cafecito; la estrecha fisonomía
que deslumbra; la mariconcita pulgada que viene y va, viene y va;
las rocallosas friccionando como oscuro marqués el parto;
los hollejos de choclo dentro del macizo asomándose a la superficie;

la médula zurulla, amarilla, casi verde de gloria, y el súmmum fecal
erosionan, hermosos ellos, la visión. Y se advierte inequívocamente
el alumbramiento de un suculento rosario de inmundicia
a retratar con acrílico de niñita virgen menstruante de otro texto.

A esta altura poco importa el rococó de dos pepitas fuera de contexto:
Aurora y Eulogia. Finalmente, la anatomía íntegra de este prodigio
se zambulle y sumerge insoportablemente bella a vista y paciencia
del hablante lírico en barricada tras la aureola anal.